Tacones dolorosos. Sí. Cigarros. Ya no. Y por la contingencia, no los extraño. Vuelvo a la ciudad después de tres días de ajetreada ausencia, y regreso con ojos llorosos, la nariz tapada y sin poder conducir por la contaminación. Y también vuelvo con nuevos recuerdos. La pregunta es, ¿cómo deshacerme de ellos para que no me estorben? No quiero tirarlos. No quiero borrar a E de mi mente, ese extranjero de 30 con el que paseé por toda una ciudad poco familiar en su vehículo y con el que terminé en la habitación de mi hotel con un vino Francis Ford Coppola y minivasitos desechables que nos robamos de la recepción. Fue como jugar al té, pero con besos y mareos consecuentes del alcohol. Me hubiera encantado quedarme con él, o más bien, que se quedara conmigo. Hubiera votado, ahora que está de moda ejercer el voto libre, por enamorarnos y que él me invitara a su departamento y yo a mi humilde hogar rentado que no tiene mayor lujo más que un perro callejero que adopté y que es mi adoración.
Pero no. No pude votar. El amor no es democracia. El amor es dictadura, y como bien se sabe, todo régimen es cruel y despiadado. Por lo que E me excluyó de su vida cuando a las cinco de la mañana se despidió, me dio un beso y me dijo –Agrégame a Facebook. Curioso. Él mismo se buscó y se envió desde mi móvil un friend request. Lo curioso, a lo que iba, sin cantinflear, es que él se envió la solicitad de amistad desde mi celular… y jamás la aceptó. Ese E tan pícaro. Qué hermoso. Con sus ojos enormes y somnolientos, con su boca carnosa y de sonrisa chueca y piel tostada, con ese aire de misterio que cada que detecto en alguien me vuelve loca. Ese E cerró la puerta de la habitación 1064, donde me quedé eufórica y recorriendo una y otra vez la memoria de ese hombre desconocido, sentado en un café francés, con su libro de Vladimir Nakobov sobre la mesa en un domingo por la madrugada, con su expresso doble a las diez de la noche y su corazón “hecho una mierda”, como él mismo lo definiría un par de horas más tarde. Me quedé con ese recuerdo de mí dándole consuelo a él y asegurándole que todo iba a estar bien porque yo también me sentí mierda por mucho tiempo, pero justo fue ese tiempo el que me regresó a la vida en una especie de combustión emocional.
Respiro. Ahora estoy de regreso y siento que me fui dos años cuando solamente fueron tres días. Y es que el asunto o la disyuntiva que taladra mi cerebro es que yo lo conocí a él pero él no me reconoció a mí, y ahora debo acomodar su mirada en una zona de mi cerebro en la que no me impida trabajar, comer o dormir. Y ahora también tengo que dejar de desmembrar cada fragmento de esa noche –como acostumbro a hacerlo–, y acomodarlo todo en su lugar para que pueda decir con tranquilidad que “aquí no pasó nada” y que así como la vida no se queda en stand by, E continúa campante en su camino sin que le tiemblen los dedos por dar un “Accept” a un friend request que él mismo mandó.
Ahora, volviendo al principio, ¿cómo me escapo de un recuerdo?
Leave a comment