O cuestión de kilos, o de seguridad, o de falta de amor propio, o cuestión de moda, de tendencia, de salud. O cuestión de sexo, de hombres, de luces apagadas. El caso es que el peso es cuestión de todo y yo traigo un desajuste terrible ante mi imagen física.

Me veo en el espejo y me noto divina, aun con kilos extra. Pero me toman una foto y quiero censurarla y demandar a quien soltó el disparo. Y esta mal, porque me lastimo yo sola de una manera ingrata y cruel, y entonces, como traigo la mente herida, voy y me “consuelo” con comida. Ni siquiera con cosas grasosas o demasiado dulces (no soy de carnitas en la cruda ni de donas de Krispy en la noche), pero sí con productos de dieta en exceso que al final también suman calorías, carbs y llantitas.

Entonces, me pregunto: ¿qué puedo hacer para reconciliarme con mi aspecto, en una constante subida y bajada de kilos, después de dos décadas de andar sufriendo con él? ¿Aceptarme o cambiar? La opción A suena divina, pero la realidad es que el peso también, como mencioné antes, es cuestión de salud. Y quiero estar sana. Tengo un hermano diabético y una madre hipotiroidea, y no quiero pasar por los mismos caminos que ellos. La opción B es encantadora,pero no tengo mucho tiempo últimamente, aunque, claro, todo mundo dice que “no hay pretextos” y lo más probable es que tengan razón.

Tal vez todo se solucionaría si dejara de pensar tanto en lo que ingiero o no ingiero y me dedicara a ver el proceso de alimentación como un mero trámite para sobrevivir. O también el panorama sería menos doloroso si dejara de pesarme a diario y de contar los gramos que se mueven en la báscula. En un viaje, compré un libro llamado “How to Stop Overeating”, sin hojearlo. Cuando un amigo lo encontró en mi habitación, lo empezó a leer y a burlarse de mí, pues resulta que sin saberlo lo que adquirí fue un texto cristiano radical, en el que me recomendaban “alejarme de la voz de Satán a la hora de comer”. –Eres hermosa como eres, y lo sabes–, me dijo mi adorado, y yo, como siempre, no le creí.

Really? ¿Satán? ¿El peso es cuestión de Satán? Yisus, no. Los que tienen hambre todo el tiempo son mis demonios que a veces parecen recién saliditos de un infierno, pero esos, más que ser hijos del Diablo, son resultado de mi enredado cerebro. Entonces, ¿el peso, de qué es cuestión? Creo que es de actitud, de bolas, de coraje, de aceptación, de desapego, de aprender a soltar todo lo que no me nutre y, sobre todo, de perdón, de perdonarme por haberme fallado tanto, y hacer con esa disculpa no una compasión, sino un especie de mantra que me sirva para recuperar el control de mí misma y de mis decisiones.

Así que me alejo de libros tontos y sin fundamento, me acerco al silencio y, en mi interior, me pido una infinita disculpa por seguirme traicionando una y otra vez, dejo las culpas a un lado, y me comprometo a dejar de obsesionarme con pensamientos nocivos y, en lugar de eso, a nutrirme con amor. ¿Cursi? Por supuesto. Pero a veces lo cursi puede cambiar el mundo entero. O eso quiero creer.

 

 

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