Hace pocas semanas terminé de leer Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015. Más allá de las desgarradoras imágenes, la crudísima voz de los entrevistados y la injusticia que esconde cada una de las historias escritas en ese increíble libro, me llamó la atención algo en particular: la poesía oculta en cada frase que finaliza un relato. Porque Svetlana, me da la impresión, que es experta en los finales, en esas frases a veces tan difíciles de encontrar, para quienes nos dedicamos a escribir. La autora bielorrusa sabe bien que para dejar boquiabierto al lector, es necesario rematar un texto con una oración lo suficientemente fuerte que desgarre, que deje siempre con ganas de más. A modo de homenaje a la periodista y con motivo del 30 aniversario de la tragedia de Chernóbil, me atreví a hacer un cadáver exquisito con algunas (la mayoría, de hecho) de esas últimas líneas que, aun fuera de contexto, no dejan de ser un grito.
Pero yo le he hablado de amor… De cómo he amado.
En más de una ocasión me ha parecido estar anotando el futuro.
Ahora no me siento tan solo, pero ¿qué ocurre con los demás?
Me encontrarán en la tierra. Bajo las raíces.
A quien temo es a los hombres. A la gente armada.
No supe encontrar las palabras.
¿Qué es mejor? ¿Recordar u olvidar?
¿Tengo yo la culpa de querer ser feliz?
Nosotros hemos de vivir aquí.
Como si se tratara de un pueblo distinto. De una nación nueva.
Esto es un experimento cósmico que están realizando con nosotros.
Y nosotros, ¿quiénes somos?
También en ella se ha instalado ya este miedo.
No tiene ya a dónde regresar.
Ha pasado el tiempo, todo se ha convertido en un recuerdo. Pero aún me veo como una espectadora.
Comprendí lo fácil que es convertirte en tierra.
Soy una persona de otras convicciones. Y me rijo por otros símbolos.
Y, en una palabra, he comprendido que en la vida las cosas más terribles ocurren en silencio de manera natural.
Este mundo de Dios.
Pero hay una cosa que sé, y es que ya nunca más seré feliz.
He comprendido que sólo tiene sentido el tiempo vivido. Nuestro tiempo vivido.
He recordado… Para recobrar la verdad de aquellos días y de nuestros sentimientos. Para no olvidar cómo hemos cambiado. Y nuestra vida.
Una sensación que no he experimentado ni siquiera en el amor.
¿Cómo poder apuntar lo que dice mi alma? Si ni yo misma sé siempre leerla.
Porque me faltaban palabras.
Tengo miedo de una cosa, de que en nuestra vida el miedo ocupe el lugar del amor.
Yo soy un hombre de mi tiempo. No soy un criminal.
Nunca lo podré perdonar.
Y entonces comprendo que aquella puesta de sol me resulta entrañable sólo a mí. Porque es mi tierra.
Para mí el cielo está ahora vivo, cuando lo miro. Ellos están allí.
Él mirará al mundo con ojos de niño.
Fotografía: Michael Day / Barcroft USA
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