Siempre he pensado que las mejores canciones para cantar son las del desamor. Esas que puedes ir en el coche sola y gritar, o que cuando una fiesta llega a las cuatro de la mañana son prudentes de entonar a coro. No importa si estamos felizmente enamorados y no nos falta cariño en cama. El desamor es el rey de karaoke, de los encuentros con viejas amigas. Prueba de ello son los restaurantes que actualmente se especializan en ello, entre micrófonos, cocteles y bengalas, con filas de dos horas de espera para una mesa en la que podamos “hallar el olvido al estilo Jalisco”.
En mi caso, siempre he sido fanática del desamor, pero independientemente del gusto por las líricas tristes, también contaba con el supertalento para hacerlo realidad. Durante toda mi pubertad y adolescencia tenía el corazón roto como sello de calidad de que en verdad estaba viviendo. Recuerdo, por ejemplo, que tenía quince años . Lloraba y lloraba y veía chick flicks cursis aunque en el fondo pensaba que no habría película, canción ni consejo alguno que me ayudara a superarlo. Entonces escuché a Paquita la del Barrio.
“Rata inmunda. Animal rastrero. Escoria de la vida. ¡Cuánto daño me has hecho!”.
Gracias a esa señora aprendí a reírme de mi desamor. A saber que no era el fin del mundo o que, por lo menos, las ratas de dos patas existían para todas, parejito, y podíamos cantarles a coro y así exorcizarlas. Soltar la necesidad de tener un tóxico al lado y ser libres para seguir cantando “Tres veces te engañé”, pero sin que duela de a deveras.
Paquita. Jarocha. Malhablada. Aries, de fuego. Fuerte. Rubia. Siempre con el maquillaje impoluto y con el fleco en alto. Siempre diva.
El Teatro Blanquita se rompía en aplausos de mujeres desdichadas, a veces, y otras simplemente con ganas de divertirse, de ver a “la reina del Barrio” en vivo, que cada que se subía al escenario entregaba el corazón y todos sabíamos que, tarde o temprano, la invadirían las lágrimas, demostrando que su vulnerabilidad era también su más grande talento.
Porque llorar enfrente de miles de personas requiere de unos buenos ovarios. De talento escénico y sobre todo, de saber que todos en algún momento hemos tenido ganas de dejar “un cheque en blanco” con la palabra desprecio, para quien piensa que nos ha destruido con sus patrañas emocionales.
Gracias, Paquita, por hacerme sentir orgullosa de mis heridas. Por normalizar mi dolor y el de miles de personas que como tú, no somos “letra de cambio, ni moneda que se entrega, que se le entrega a cualquiera, como cheque al portador”.

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