Trasladarse de un espacio a otro da miedo, al principio. Y confieso, un poco de pereza. Hacer maletas, no olvidar nada. Cuando el equipaje incluye un menor, la cosa se complica y sube de nivel: medicinas para posibles alergias, gripes, dolores de estómago, caídas, suficientes cambios por las embarradas imprevistas de chocolate, juguetes y artefactos para mantenerlo entretenido. Y paciencia. Viajar con un menor requiere de mucha paciencia y voluntad para escucharlo y no imponerle todo. Saber cuando se ha cansado de dar la vuelta, cuando requiere de un respiro o una bebida fría. Cuidarlo del contenido impropio en los museos sin privarlo de irse adentrando en el mundo del arte. Hacerlo reír, a pesar de todo, del cansancio, del homesick, de sus dudas (¿por qué aquí atardece hasta las 10 pm? ¿Por qué aquí hay gente con acento diferente?). Y las dudas más grandes, cuando uno viaja a un destino en el que hay cariños, requieren no solo de paciencia, sino de aguantar unos segundos la respiración para que las lágrimas se queden quietecitas dentro del ojo: ¿por qué ellos viven aquí y nosotros allá? ¿Cuándo los volveremos a ver? ¿Se acordarán de nosotros después? ¿Por qué si son familia están tan lejos? 

Preguntas que uno mismo se hace a los casi cuarenta y que a veces frustran, pero quizá es también esa distancia la misma que hace que el corazón valore cada día que pasa, cada minuto de abrazos, cada mirada sonriente y cómplice que dice “mira, estamos lejos, pero el amor supera los kilómetros, pero los recuerdos nos sostendrán hasta reencontrarnos, pero pudimos estar aquí ahora”. 

Viajar implica más allá de ahorrar, de planear el tiempo, de hacer agenda: nos enseña a soñar, a ver que el mundo y nuestros problemas son siempre un cuento de relatividad constante. Nos ayuda a sentirnos vivos, a conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestros acompañantes de maleta, grandes y pequeños. A cansarnos uno del otro, a necesitar a veces un respiro, pero a saber que el viaje con los años madurará como el mejor vino, y las risas, las caminatas eternas bajo el sol o la lluvia, los paisajes, la gente, nos dejarán un tatuaje interior que, en momentos de dolor y de pérdida, nos harán sonreír y aferrarnos a ese pasado que tuvimos la fortuna de presenciar. 

Siempre he creído que la vida es una máquina de recuerdos. Y los viajes son las baterías de ese aparato generador de sentimientos. Pero no solo el acto de viajar, tan intenso y transformador: también a quienes visitamos, las casas que nos acogen con los brazos abiertos, con sus costumbres y nostalgias propias, que esperamos nos alberguen también en su memoria y sepan que también los echamos de menos, muchísimo, cuando estamos lejos. Afortunados somos quienes llegamos a la vejez con esa maquinita de recuerdos llena y vigente. Afortunados quienes viajan con quienes aman de la mano, quienes tienen a alguien del otro lado del mundo para visitar y contar las horas para abrazarlos de nuevo. Suertudos quienes viajamos no para escapar, sino para encararse, reencontrarse y amar y seguir amando, y descubrir que ese amor se siente igual en su país de origen que en el destino pisado. Esa lección es, quizá, la que más me interesa que mi hija guarde en su corazón: que sus amores la seguirán a donde quiera que vaya, y que cuando ella crezca y vuele lejos, yo seré entonces esa viajera que irá a visitarla y a darle hogar en cualquier parte de este maravilloso planeta en el que decida ser.

Leave a comment