1. Escribo sobre un agujero negro a mitad de la noche cuando aparece frente a mí una mancha. Pauso mis letras y la mancha se queda quieta, observándome con sus no-ojos y su textura aterciopelada. Retomo las palabras en la hoja y la mancha crece hasta que parece intentar comerme. Comienza por lamer los dedos de mis pies para subir por mis tobillos, pantorrillas, fémur, muslos, nalgas, pelvis, vulva, cadera. Se detiene en mi ombligo que parece impactarle por su forma espejo y me escupe, con una no-cara de desconfianza que parece pronto hacer de lado.

2. Tengo un agujero negro de mascota. Le llamo Colapso. Mueve su no-cola cada que lo volteo a ver. Colapso se acerca a mi ombligo, pero aún tiene miedo de pasarle por encima. Intento distraerlo de los terrores propios del centro de mi cuerpo y darle de comer mesas, marionetas, sillas, focos, pero lo único que parece saciarlo son las páginas recién escritas.

3. Colapso es un tejido acuoso y deforme cada vez más grande. No sonríe y su no-cola parece ya no exaltarse. Me acurruco en un rincón de la sala donde solo cabemos mi libreta y yo, que no puedo evitar llenarla de palabras sobre el agujero que osé adoptar como mascota.

4. Mi ombligo ya no parece intimidarlo; se adapta a él, lo mira de frente, lo desafía.

5. Colapso crece, hiede, brilla, y con su brillo ha devorado casi todo: los muebles, la sillas, las ventanas, los cojines, las colillas de cigarro, la poesía, los cuentos nunca publicados, los bocetos de animales extintos, mis apuntes, los intentos textuales de explicarlo a él.

6. No tengo tinta. Se ha comido la última libreta y todo es negro, acuoso. Colapso llega a los dedos de mis pies para subir por mis tobillos, pantorrillas, fémur, muslos, nalgas, pelvis, vulva, cadera, ombl….

7.       

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